por Fernando Buitrago

El Concejo de Regidores de Sosúa se ha superado a sí mismo, ganándose el galardón de «La Ignorancia es Atrevida». En un acto que desafía la lógica y el respeto cultural, han acordado retirar una estatua taína del mar, demostrando una profunda falta de entendimiento y sensibilidad hacia el patrimonio histórico y cultural.
Este movimiento no solo refleja ignorancia, sino también una audacia que deja atónitos a quienes valoran la herencia taína.
Los taínos, habitantes originarios de las Antillas, incluyendo lo que hoy es Puerto Rico y la República Dominicana, estaban establecidos en estas tierras mucho antes de la llegada de los españoles en 1492. Su cultura, rica en tradiciones, agricultura, arte y espiritualidad, era diversa y profundamente conectada con la naturaleza. Vivían en comunidades organizadas, con una cosmovisión que reverenciaba a los cemíes y el entorno natural, sin necesidad de imposiciones externas.
La llegada de los españoles marcó un punto de inflexión devastador. La religión católica, que hoy predomina en la región, no se instauró por adopción pacífica, sino a través de la violencia: a golpe de mosquetes, encomiendas y exterminios. Los taínos fueron sometidos a la esclavitud, enfermedades y masacres, lo que diezmó su población y erosionó su cultura en pocos años. Este proceso de colonización no solo impuso una fe extranjera, sino que intentó borrar las creencias y prácticas autóctonas, reemplazándolas con un sistema de valores eurocéntrico.
Sin embargo, lo que resulta paradójico y profundamente triste es que, siglos después, los herederos de esta historia —muchos de los cuales llevamos sangre taína en las venas— a menudo no respetamos ni valoramos lo autóctono. Decisiones como la del Concejo de Regidores de Sosúa, que opta por retirar una estatua taína del mar, reflejan una desconexión con nuestras raíces. En lugar de honrar y preservar los símbolos de la cultura taína, que representan la resistencia y la identidad primigenia de estas tierras, se priorizan posturas que ignoran el legado indígena. Este acto no solo es un desdén hacia la historia, sino una continuación del borramiento cultural que comenzó con la colonización. La ignorancia, en este caso, no solo es atrevida, sino que perpetúa una herida histórica que aún no ha sanado.

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